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Nadie que te ame usa su fuerza contra ti: Desmontando el mito del impulso

Por: Elena Del Ángel
2026-03-18 01:52:38
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Las cifras no mienten, pero a veces las ocultamos bajo la manga de una camisa. Según datos de la OMS, la violencia en la pareja es un fenómeno progresivo donde el 90% de las agresiones graves fueron precedidas por actos que la sociedad insiste en minimizar: un jaloneo, un apretón brusco del brazo o un empujón "sin intención". El jaloneo no es un accidente de la ira; es el termómetro que mide cuánto estamos dispuestos a ceder antes de que el abuso se convierta en rutina.

El viaje que nunca debió suceder

Imagina una escena cotidiana: una pareja viaja por la carretera libre de Reynosa a Monterrey, el plan es simple: ir a comer unos tacos en un lugar de paso, de pronto ya transcurridos unos kilómetros en la ida, dentro del auto el aire está saturado de tensión. Lo que comienza como una diferencia de opiniones escala rápidamente cuando él, sintiendo que pierde el control de la narrativa, utiliza su fuerza. De pronto, sientes un jaloneo brusco; un apretón que te detiene y que no veías venir. En ese momento, la carretera se vuelve un escenario de terror silencioso. Intentas huir, pero estás atrapada en el movimiento del vehículo. Con lo que queda de voz, le adviertes: "Si continúas, me bajo del auto y me voy sola". Él responde apretando aún más fuerte, promulgando con su mano quién tiene el control.

De pronto, aparece una patrulla en el camino. Al ver la autoridad, el agresor se pone la máscara de la calma; en segundos vuelve a ser el hombre encantador y te dice que "te calmes". Llegan a los famosos tacos mientras lloras, tratando de que nadie lo note por la vergüenza que sientes. Él te pide que comas; tú agotada de la pelea, aceptas.

Ella aún no lo sabe, pero ese es su primer 'ceder' ante la violencia: un silencio que se compra con sumisión. Mientras pagas la cuenta de esos famosos tacos con las manos todavía temblando, (tampoco sabias que durante los próximos años de relación te tocaría pagar un 99% de las comidas, con las exigencias propias de quién cree merecérselo todo). Mientras sacaba el efectivo de su cartera, pues el agresor decía que se le había olvidado su cartera; una voz pequeña en su interior le pregunta: '¿Para esto vine?'. Sin embargo, la normalización es un anestésico inmediato. Ese pensamiento se guarda en un rincón oscuro, convirtiéndose en la semilla de una pregunta que la perseguirá años después: “¿Por qué lo permití?"

No se da cuenta ella, de que al sacar la cartera, está sellando su primer contrato con el maltrato. Pagar “los tacos de la carretera” después de ser agredida es el acto final de una normalización forzada. En ese momento, ella no se da cuenta de que está validando el abuso con su propia cartera. Mientras intenta tragar con el nudo en la garganta y se pregunta: '¿En serio esto es lo que merezco?', el instinto de supervivencia la obliga a actuar como si nada hubiera pasado. Es el inicio de un pacto de silencio en dónde ella es la real perdedora. Años más tardes, después en una terapia con el psicólogo una pregunta surgía de la reflexión: ¿Cómo permití que ese jaloneo fuera el estándar de mi relación?"

Es la paradoja de la víctima: alimentar al hombre que hace instantes la inmovilizó por la fuerza. Esa escena se queda grabada como una cicatriz invisible, una que años después le recordará que la violencia no siempre es un golpe; a veces es desayunos, comidas y cenas, que pagas con tu propia dignidad."

Pero el camino entre aquel primer jaloneo en la carretera y el último adiós no fue un desierto vacío; fue un laberinto de silencios acumulados y humillaciones cotidianas. Hubo muchas otras veces en las que la mano se cerró sobre mi brazo y yo elegí callar, intentando convencer al mundo —y a mí misma— de que todo estaba bien. En la intimidad, la violencia se volvía psicológica: era un goteo constante de palabras destinadas a hacerme creer que él, con su título y su estatus, valía más que yo. El jaloneo físico era solo el reflejo de su necesidad de aplastar mi brillo para alimentar el suyo. Callé por vergüenza, callé por miedo a romper la imagen de la 'pareja perfecta', y callé porque, en ese entonces, no sabía que cada vez que guardaba un secreto de su agresión, le estaba entregando un pedazo de mi libertad.

La escalada del "juego"

Ese fue el primer jaloneo, pero no el último. El silencio, el olvido de cada suceso, y los “mini perdones” se convirtieron en los fertilizantes del abuso. A ese hecho le siguieron otros, incluyendo momentos donde, bajo la excusa de estar "jugando", él intentó asfixiarla en la cama. Ella, nuevamente, lo normalizó. La violencia física "leve" es el ensayo de algo más oscuro: la pérdida total del respeto por la vida del otro.

La última vez que se vieron, el ciclo se cerró de la manera más cruda. Él la volvió a jalonear, pero esta vez, perdido en sus propias traiciones e infidelidades, le gritaba fervientemente el nombre de otra mujer. En su desesperación por controlar, él ya no veía a quien tenía enfrente.

El acto final: Recuperar el nombre

Ella simplemente se zafó con una entereza que no sabía que tenía. Supo, en ese instante, que era la última vez que permitía que una mano se cerrara sobre su piel. Se despidió sin que él entendiera que ese era el adiós definitivo. Mientras él seguía gritando aquel nombre ajeno, ella contestó con la claridad de quien recupera su libertad:

—"Yo no me llamo mengana"  “Yo no soy esa fulana”.

En esas palabras, ella no solo corrigió un nombre; recuperó su identidad, su dignidad y su vida. Porque quien te ama te llama por tu nombre; quien usa su fuerza contra ti, ya ha renunciado al privilegio de estar en tu historia.

Durante mucho tiempo ella se lo dijo, y hoy lo confirmó en las muchas sesiones de psicología que pagaba con amor propio recuperado; con la claridad que da la distancia: quien te agrede, nunca te amó.

A nuestra edad ya no podemos llamar 'impulso' a la falta de respeto, ni 'pasión' al control físico. El amor, a estas alturas de la vida, deja de ser una emoción adolescente para convertirse en una decisión. Es la decisión diaria de cuidar, de honrar y de mantener las manos abiertas, nunca cerradas sobre el cuerpo del otro. Quien decide jalonear, decide dejar de amar. Y entender eso es lo que finalmente nos permite soltar el brazo, recuperar el nombre y caminar hacia adelante, sabiendo que merecemos una decisión que sí sea amor.

Escribo esto porque es una realidad que muchas personas disfrazan moretones y guardan miedos que les hace temblar el alma, disimulando su dolor al mundo, mientras fingen que todo está bien".

Hoy mientras lees estas líneas, hay manos temblando guardando silencio bajo una manga larga y turbaciones que se pagan con la propia dignidad, sin embargo debes saber que el amor en cualquiera de las etapas, no jalonea, no agrede, y sobre todo no te hace sentir pequeña, mientras voces internas se preguntan si tu valor depende de quien las maltrata. Y la respuesta es un 'no' rotundo."

 

 

 

 


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Elena Del Ángel

Licenciada en ciencia de las comunicación. Empresaria. Apasionada de la autosuperación y del desarrollo comunitario.