MILENIO. El primer humo no salió de sus pulmones en un bar ni tampoco en una fiesta. Lo hizo en un patio de secundaria. Isaac Aceves tenía 11 años cuando dio la primera calada a un cigarrillo electrónico que le vendió un amigo de la escuela. En otro extremo del Valle de México, Valeria Ocaranza vivía una escena casi idéntica: una amiga llevó un vapeador al plantel y lo ofreció con la naturalidad de quien comparte un dulce, contó a MILENIO.
Ninguno de los dos sabía entonces que ese gesto, repetido en otras aulas del país, los convertiría en fumadores compulsivos.
Isaac vive en Nicolás Romero, al norte de la capital; Valeria en Xochimilco, al suroeste. Hasta hace poco no se conocían, no compartían amigos ni escuela. Pero hoy los une algo más profundo: por su consumo problemático, ambos recibieron atención médica y psicológica en un centro de tratamiento especializado.
“Fue la primera cosa que probé a los 11 años”, recuerda Isaac. Después de aquella primera compra, el cigarrillo electrónico se volvió parte de su rutina diaria. Vapeaba en cualquier oportunidad, hasta que lo sorprendieron en el colegio y fue expulsado.
Valeria también comenzó en la secundaria. Calcula que casi siete de cada 10 alumnos de su plantel vapeaban: en la plaza cercana, en los baños, a la salida. Era común. Era normal. Era parte del ambiente.
Lo que parecía una moda escolar terminó por convertirse en una problemática nacional. Hoy, entre estudiantes de secundaria y bachillerato en México, el vapeo ya supera al alcohol como sustancia de consumo más frecuente.
Resultados preliminares de un sondeo de Centros de Integración Juvenil (CIJ), compartidos a MILENIO, revelan que 27.4 por ciento de los estudiantes de estos niveles educativos ha vapeado alguna vez en su vida, mientras que 24.6 por ciento ha consumido bebidas alcohólicas. En menor medida, 15.6 por ciento reportó fumar cigarros tradicionales y 13.5 por ciento dijo haber probado alguna droga, principalmente mariguana.
Aunque el estudio aún está en desarrollo, y los porcentajes podrían variar ligeramente cuando se tengan los datos finales, el patrón se mantiene constante. “Yo diría, y esto lo puedo sostener sin la menor duda, que prácticamente uno de cada cuatro muchachos en prepas o secundarias está reportando el consumo de vapeadores… los muchachos sí están usándolos con mayor frecuencia”, afirma Bruno Díaz Negrete, director normativo de CIJ y uno de los responsables de la investigación.
Hasta ahora se han aplicado más de 160 mil cuestionarios en planteles de las 32 entidades federativas, específicamente en las ciudades donde esta institución dedicada a la prevención, tratamiento y rehabilitación de adicciones tiene presencia.
Díaz subraya que, al tratarse de un sondeo, y no de una encuesta, el alcance es exploratorio. Sin embargo, ya muestra un patrón claro: “Los resultados se mantuvieron más o menos estables en los distintos momentos en que hicimos el análisis de la información… aunque, insisto, no lo hemos terminado”.
El instrumento aplicado por Centros de Integración Juvenil para levantar la información se conoce como DUSI (Drug Use Screening Inventory), que se traduciría como Inventario de Detección del Consumo de Drogas. Fue desarrollado en Estados Unidos y tiene ya un largo uso en varias partes del mundo.
El cuestionario fue concebido como una herramienta de tamizaje para detectar posibles problemas de consumo de sustancias. Sin embargo, en su versión adaptada para estudiantes mexicanos, amplía la mirada: no sólo pregunta qué se consume, sino que indaga por qué podría estarse consumiendo.
Bruno Díaz explica que el objetivo de la investigación es asomarse a los factores de riesgo que rodean a los adolescentes y jóvenes. Algunos son psicosociales, como la ansiedad, la depresión o distintos malestares emocionales. Otros se gestan en el ámbito escolar: baja motivación, dificultades académicas.
También aparecen señales en la esfera de la competencia social –aislamiento, problemas para relacionarse, escaso control conductual– y en los entornos cotidianos: amistades vinculadas al consumo o distribución de drogas, violencia familiar o conflictos interpersonales. Cada respuesta dibuja un mapa complejo, donde el consumo no es un hecho aislado, sino parte de un entramado más amplio.
Los resultados preliminares que el directivo compartió a MILENIO revelan que la mariguana es la droga más consumida entre estudiantes de secundaria y preparatoria: siete de cada 100 dicen haberla probado alguna vez en la vida. Le siguen los inhalables, con alrededor de cinco por ciento de la matrícula. Más abajo, en proporciones similares, cerca del dos por ciento, aparecen la cocaína y las metanfetaminas. El fentanilo, por su parte, se mantiene por debajo del uno por ciento.
En cuanto a diferencias por género, el consumo de cigarrillos electrónicos y alcohol se mantiene prácticamente igual entre hombres y mujeres. Sin embargo, ellos registran mayores niveles de uso de drogas ilícitas. La mayoría de quienes reportan haber consumido son, según el diagnóstico, “probadores”: jóvenes que han experimentado sin desarrollar todavía una dependencia. Aun así, las cifras también advierten la presencia de policonsumo entre las nuevas generaciones.
El análisis deja ver otro matiz significativo: el consumo es más alto entre alumnos del turno vespertino y entre quienes combinan estudio y trabajo. “Esto puede ser atribuible a varios factores, el hecho de que cuenten con recursos propios o que, al estar trabajando, tengan contacto con grupos poblacionales de mayor edad”, apunta Díaz.
En el terreno de los factores psicosociales, el estudio enciende una señal de alerta. Los estudiantes reportan trastornos afectivos severos, con mayor incidencia entre las mujeres. Al medir la severidad en una escala del cero al 10, los indicadores de ansiedad y depresión se ubican entre seis y siete, explica el director normativo de Centros de Integración Juvenil. Y en esa medición cada punto cuenta: a mayor severidad, mayor riesgo de consumo.
Ángel Prado García, director operativo y de patronatos de la institución, observa que el perfil de riesgo entre los jóvenes ha evolucionado. Ya no se trata únicamente de la influencia del entorno social o familiar. El estrés, la ansiedad y la depresión aparecen cada vez con más peso. Los estudiantes que presentan trastornos mentales no sólo muestran mayor probabilidad de consumir sustancias; también enfrentan un riesgo más alto de desarrollar dependencia.
“Se ha visto que hay tres problemas de salud mental que están muy asociados con el consumo y la dependencia de consumo de sustancias psicoactivas: los trastornos de ansiedad generalizados, los trastornos depresivos y los trastornos de déficit de atención con hiperactividad”, enlista Prado.
Después de los padecimientos mentales, el sondeo revela otro frente problemático: dificultades en la regulación conductual y baja adherencia escolar. Es decir, problemas para manejar impulsos, seguir normas o mantener el compromiso con la escuela.
Hay, además, un dato que ha llamado la atención de los investigadores. Los alumnos, que al responder el cuestionario solicitaron no especificar su sexo, registran índices de severidad más altos que el resto en todos los rubros: mayor malestar afectivo, menor regulación emocional, menor adherencia escolar, más dificultades de integración social, más conflictos familiares y mayor cercanía con pares que consumen drogas.
Díaz infiere que parte de estos estudiantes pertenecen a la comunidad LGBT+ y no se identifican con las categorías tradicionales de sexo. De ser así, los datos podrían estar reflejando tensiones adicionales vinculadas a discriminación, estigmatización o falta de redes de apoyo.
Un patrón similar aparece al comparar turnos escolares. Los alumnos del turno vespertino, al igual que quienes estudian y trabajan, concentran índices de severidad más elevados en todos los factores de riesgo respecto de sus pares de los turnos matutinos o los que se dedican por completo a la escuela.
Al final, las historias de Isaac y Valeria no son la excepción: es el reflejo de una tendencia que se cuela en los salones de clase.
La pregunta ya no es únicamente cuántos están vapeando o probando mariguana, sino qué está pasando en las aulas –y fuera de ellas– para que uno de cada cuatro chicos haya normalizado el humo antes de terminar la preparatoria.