LA JORNADA. Hay victorias que no caben en una foto. Algunas tienen la capacidad de cambiar la historia de un equipo en la Copa Mundial, de dejar a más de 45 mil 500 personas mirando una cancha vacía con la incredulidad de lograr lo que parecía imposible. Las dos veces anteriores -1970, 1986- que México abandonó el refugio del Estadio Azteca para jugar como local no ganó un solo partido. Pero esta noche, en una Guadalajara encendida y tan llena de color, el equipo nacional quebró la inercia con un 1-0 ante Corea del Sur, suficiente para asegurar el pase y la localía en la Ciudad de México en la siguiente ronda.
En la Perla Tapatía, los goles se gritan con una gratitud extraña, como si la gente intentara acumular recuerdos antes de que el tiempo los oxide. La jugada en la que Luis Romo definió el encuentro tuvo esa desesperación: se celebró como si valiera un título. El mediocampista de Chivas capitalizó un error del arquero Kim Seung-gyu -que intentó quedarse con un rebote y terminó incrustado contra su propia defensa- y remató con el arco abierto (50). Si hay lugares que logran simular que el tiempo existe, la casa del Guadalajara consiguió suspenderlo. Fue intensa, calurosa y vibrante de una manera que sólo el futbol sabe provocar.
Hubo, por supuesto, pasajes de pura claustrofobia. Pero el Tricolor aprendió a fingir que no le pasaba nada. Controló nervios, resistió los silbidos y abucheos del final del primer tiempo, y volvió a mirar de frente a su principal amenaza: Son Heung-Min, la ex figura del Tottenham, quien estuvo a nada de adelantar a los Tigres de Asia al anticipar una salida de Raúl Rangel. El surcoreano bombeó la pelota, flotando en la ignorancia de un fuera de lugar que el árbitro uruguayo Gustavo Tejera tardaría segundos en señalar, y el capitán Edson Álvarez corrió a salvar el desastre con una chilena agónica sobre la línea de meta.
Fueron minutos de puro nervio, de un murmullo que se escuchaba en las tribunas. Desde el banco, el seleccionador nacional Javier Aguirre encontró entusiasmo solo en Julián Quiñones. El delantero leyó temprano que Corea del Sur era un embudo, que sus compañeros se empantanaban en la circulación de la pelota, y decidió cargar con el peso del ataque durante los primeros 45 minutos. Un centro de Jorge Sánchez lo encontró solo sobre el punto penal, pero su cabezazo fue a parar directo a los guantes de Seung-gyu. Entonces, a pesar de la tensión del momento, el 1-0 funcionó más tarde como una prueba de que la historia no es algo que ya pasó, sino un guion que se escribe todo el tiempo.
México saltó sobre el listón que tantas veces lo hizo caer en los Mundiales por errores, penales o estadios en los que no encontró el mismo peso que el Azteca, su templo sagrado. Renovó un optimismo que estuvo a punto de desaparecer. Pero Guadalajara fue una ciudad viva. Si moverse por sus calles ya era una aventura antes del Mundial, ayer lo fue aún más. Carriles cerrados por obras de último momento, escaleras mecánicas fuera de servicio, proyectos de transporte que apenas llegaron justo a tiempo. Todo formó parte del paisaje urbano de estos días de fiebre por la Copa.