AS. Tadej Pogacar no quiere dejar este año ni las migajas. Si acaso, a su lugarteniente Isaac del Toro, como hizo el segundo día de carrera en Montjuïc. No hay generosidad para el resto. Quien quiera una etapa, que se la gane frente a frente. De ley. Como intentó hacerlo Richard Carapaz con una arrancada de casta en el Puy Mary. Un imposible. Ni un fuera de serie como el ecuatoriano puede frenar el poderío de uno de los campeones más grandes de todos los tiempos. Quizá el más grande de siempre. Que lo discuta con Eddy Merckx. Este año, ni siquiera Jonas Vingegaard, que le destronó en dos ediciones, puede hacerle sombra. Este martes, en el Macizo Central, camino a la misma meta donde en 2024 fue capaz de batir a su imbatible rival, el danés no hizo amago ni de seguirle.
Que Pogacar sume etapas a manos llenas en todas las grandes en las que participa ya no es ninguna noticia. En la pasada edición del Tour se llevó cuatro. En 2024, todavía más, seis, las mismas que había conquistado en el Giro de Italia, un doblete rematado con un total de 12 triunfos parciales. La originalidad es que ya no se conforma con las victorias normalmente reservadas a los gallos: los finales en alto, las contrarrelojes… Ahora también machaca en recorridos donde, históricamente, se imponía la ley del cazador de escapadas. Ya estuvo a punto de hacerlo el domingo, y solo la rebeldía de otro campeonísimo, Mathieu van del Poel, lo impidió. Y volvió a ocurrir este martes, ahora con éxito, en esos 3.800 metros acumulados en el Macizo Central.
El guion tradicional se cumplió inicialmente, con una fuga numerosa de 31 ciclistas, entre los que se colaron tres españoles: Joel Nicolau, el insistente Raúl García Pierna y Javier Romo, que acabó siendo uno de los grandes protagonistas de la jornada, un soñador que rodó en solitario 36 kilómetros para ser devorado en las faldas del primero de los dos puertos de primera categoría, el Puy Mary. La escapada nunca tuvo el beneplácito del UAE Team, que la mantuvo siempre a raya. Un síntoma de que Pogacar quería el triunfo. Quizá para sacarse la espina de 2024. O quizá, simplemente, porque él es así.
Carapaz aprovechó el final del viaje a ninguna parte de Romo para lanzar su andanada. Otro ciclista rebelde, como lo fue Van der Poel el domingo, pero con peor suerte. Pogacar no iba a fallar esta vez. Casi nunca lo hace. No solo quiere ganar el Tour, quiere hacer historia, batir plusmarcas, dar espectáculo, honrar al patrocinador… Está en su derecho, claro. Aunque la música del Tour comienza a sonar en bucle.
Lo malo que es que sus rivales empiezan a asumir su superioridad hasta tal punto, que ya ni siquiera intentan oponer ninguna estrategia. En el cara a cara es invencible, pero recorridos como los del Macizo Central ofrecen otras alternativas. Que le pregunten a Miguel Indurain, que pasó uno de sus peores días aquí ante un ataque lejano de la ONCE con actores secundarios en 1995. Nadie prueba nada nuevo. En el grupo de 31 fugados no entró ningún Visma, todos al lado de Vingegaard, todos a rueda del UAE. Ni tampoco ningún Red Bull, que bien podría mover a una de sus dos bazas, Remco Evenepoel o Florian Lipowitz. La misma teoría que se podría aplicar con el Lidl-Trek, con Juan Ayuso y Mathias Skjelmose. Igual el resultado hubiera sido el mismo, pero se hubieran ganado la admiración del aficionado.
Pogacar hizo lo que quiso y cuando quiso, sin que nadie hiciera nada por evitarlo. El conformismo invade al pelotón. Tadej venció con 32 segundos de ventaja sobre Evenepoel, el menos conformista de los conformistas, que es tercero en la general. A Vingegaard le metió algo más, 44 segundos, un golpe que abre el debate sobre si el danés está realmente en condiciones de repetir como subcampeón. El segundo escalón se mueve, en general, en tiempos parecidos, menos Del Toro, que cedió 1:31, víctima de su propio líder. Al jefe se le fue la mano. Por su parte, Ayuso subió una plaza, ya es cuarto, y el sueño del podio de París se acerca un poco más. No se puede aspirar a otra cosa.